jueves, 24 de febrero de 2011

CAMINANDO II

Caminaba con la vista perdida dentro del desenfoque del plano general que tenía por frente. Boquiabierto y quizás algo enbobado, disfrutando del paseo. Sabía que tenía que ir a algún lado, pero no tenía prisa en recordar a dónde.

Hay veces que no somos nosotros los que caminamos. Ni siquiera estamos caminando, pese a que movamos las piernas al ritmo y avancemos. Supongo que la falta de vocabulario, o quizás el poco acierto de encerrar en palabras el significado de sensaciones nos obliga a ponerle el nombre de "caminar" al gesto de dejar de estar sentado, como si solo fuese dejar de estar sentado, o de pie, o simplemente parado.

Cuando caminamos, hacemos muchas cosas a la vez, y quizás la sensación de movimiento nos cautive. Es decir, hay dos formas de ver la vida: parados, y en movimiento. Supongo que para todos es difícil diferenciar cuando estamos parados, y cuando estamos en movimiento...

Pero, dentro de la sensación de movimiento se cuecen muchísimas cosas. Es como una gran olla. Cuando estamos parados, el agua esta fria, y los ingredientes no se hacen. En cambio, cuando caminamos le damos un toque diferente a los pensamientos. Cuando yo camino, y me encuentro algo o alguien de frente, que me resulta interesante, lo veo de frente, lo sigo con la mirada, y si hace falta me giro cuando lo sobrepaso para verlo desde la última perspectiva.

Caminaba sin saber a dónde iba, hasta que de repente se paró. Reconoció un olor que no le era familiar y entendió que no iba a por el camino correcto. A pesar de ello, siguió adelante y cambió de canción en su ipod. Quizás no iba por el camino correcto, pero su paseo no consistía en llegar a ningún lado.

Reflexión: ¿Cuántas veces hemos desperdiciado tiempo estando parados en la calle del pensamiento? Yo, a dia de hoy, no hago mas que disfrutarla de arriba para abajo.

sábado, 19 de febrero de 2011

CAMINANDO

Suave alud de arena sobre los dedos de mis pies, mientras caminaba por la playa, de noche. Me acompañaba una sinergia compuesta por el canto de mil gotas de agua cuando chocan contra la orilla, y la melodia de un tal Raul Midon. Intradiegéticamente solo sonaba el eco de la repetición de las olas al ritmo de la canción.

Caminaba como si no hubiese ni arena ni mar, ni viento ni frio. Como si no sintiese la diferencia de temperatura en ninguna de mis partes del cuerpo. Caminaba totalmente fundido con mi deseo de pisar una playa. Sensible solo a lo que realmente deseaba sentir. Lo que yo llamo verdaderamente sentirse feliz.

Caminé quizás diez mil kilómetros, y cuando se acabó el camino, regresé. En ningún momento pensaba en terminar aquella absurda aventura. Caminar una y otra vez por el mismo camino era siempre nuevo. Cada metro era recorrido por una nueva sensación, por un nuevo pensamiento, y quizás eso le daba la chispa suficiente para que 2 metros de arena de una playa fueran diferentes.

Era la diferencia de parecidos, era la semejanza de significados diferentes. Como un dulce saboreado por la parte de mi lengua dedicada a lo salado. Como una poesia sin rimas pero con un gran significado. Como una declaración al aire, de un viento enamorado.

Mi paseo por la playa fue amor platónico de una mente dedicada a amar lo imposible, ligado a la personificación de cualquier cosa. O quizás dedicada a amar a personas que no son humanas, si no que son cosas increibles como una sensación de deseo de playa, una mirada a la luna o una estrella.