La conciencia es la certeza de saber sobre uno mismo. Tener conocimiento desde dentro y desde afuera, de uno mismo. Dicho de otra manera: de lo que uno siente, y de lo que hace sentir. Y es en "lo que hace sentir" lo que me ha dado en duro esta vez.
Cuando pienso en mi, y pese a que este blog esté repleto de opiniones mías sobre individualidad y egoísmo, debo y ademas estoy obligado a pensar en quien ha cuidado de mi para llegar a donde estoy. Es decir, cuando pienso en mi, le debo agradecimientos a quien se curró que yo sea así.
Mi familia es una familia normal. Pese a lo que pocos conocen, sigue habiendo una figura materna, otra paterna, y un hermano. Estoy describiendo las circunstancias que me han llevado a ser Daniel A. Garcia. Y odio llamarlos "circunstancias".
Pero el ejercicio de conciencia no viene para ayudarme a saber quién soy, si no el cómo soy. Cómo soy con la parte de mi que no soy yo: mi familia. Y es verdad que estoy realmente avergonzado de cómo me olvido de esta parte tan importante.
De esta manera, os sitúo mi pirámide de necesidades/circunstancias: y por supuesto lo hago comparando a mi familia con mis amigos (o incluso con gente que no es mi familia, ya sean amigos o no). Evidentemente, y como ya dije en otro texto, una persona y mi actitud con ella, es un espejo que me refleja. Y mi reflejo con mis amigos es evidente: buen rollo, pocas peleas, aceptar a la gente como es, dar, esperar recibir, en fin... una serie de actitudes y aptitudes que me hacen sentir como una persona socialmente normal.
En mi familia no me considero una persona socialmente normal. Hay buen rollo, sí, pero por la confianza de llevar 23 años con la misma gente. Y no le doy importancia al por qué el buen rollo entre amistades y familia es diferente. Ésto es: con la gente de fuera, consigo el buen rollo conociéndome con ellos, y conociéndolos a ellos. Con mi familia, por la confianza de llevar tanto tiempo, no me paro a ver cómo soy y como soy con ellos. En definitiva, como son realmente ellos conmigo.
Y ésto es una deuda que tendré por siempre, y que haga lo que haga jamás será saldada. El mundo está destinado a llevar un orden vital en el que los hijos no pueden hacer de padres con sus padres. En fin, y resumiendo, a mi familia le debo la vida. Y necesito replantearme lo cabronazo que soy con ellos, cada minuto, porque ellos me han dado la vida, y yo no se lo agradezco lo suficiente.
