No te rindas nunca porque te hace ser entero.
Porque sólo lo pierdes si la decisión no es voluntaria.
Porque sólo lo pierdes si el destino decide por eso que amas.
Porque cuando amas es posible todo. Desde sacrificar tu vida entera hasta convertirte en el hombre más diferente que hayas conocido en ti mismo, sin dejar de ser la misma persona.
Porque si dejas de amar voluntariamente estás desaprendiendo a querer.
Porque si restas alas a lo que vuela en tu interior, sea el motivo que sea, estás enjaulándote en una habitación con rejas en las ventanas.
Porque amar es el motor de la lucha interior contra el exterior.
Porque hay millones de motivos que valen la pena.
Porque hay millones de recuerdos y formas de recordar.
Porque no vale la pena, si no la alegría.
Porque no regalaste un te quiero tan fácil.
Porque no te regalaron un te quiero tan fácil.
Porque es bonito depender.
Porque no se depende de la persona, si no de lo que se siente con ella.
Porque por dentro estás tan convencido de que amas, que pese a perderlo sigues pensando en conseguirlo.
Porque lloras por ello.
Porque lloras muchísimo, y eso te hace hombre.
Porque más hombre es el que llora porque sabe lo que ama, que el que desprecia ese sentimiento.
Porque es una cicatriz en el corazón.
Porque es una cicatriz en la cara.
Porque se lleva en los dos sitios con el orgullo más grande.
Porque es la mujer de mi vida, y cuando se dice eso uno no se equivoca.
Porque da igual la cantidad y dificultad de los problemas que haya.
Porque cuanto más grande es el muro, más ganas se tienen de saltarlo.
Porque cuanto más grande es el muro, más grande es la satisfacción de haberlo saltado, no sólo por haberlo saltado, si no por estar al otro lado, con aquello que amas.
Porque te amo.
Porque se que nunca leerás ésto.
Porque estoy llorando.
Porque todavía te tengo.
Porque no quiero perderte.
Porque eres la mujer de mi vida.
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